Cuentos de sexo para su vecina inquieta II

Lo que se adivinaba bajo aquella vieja camiseta ocupaba todas sus noches

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Leandro la evitó después de aquel encuentro entre balcones. Durante unos días estuvo sigiloso en su piso, y salía y entraba con la máxima rapidez y discreción posible. Sabía que si tenía que aguantarle la mirada se iba a poner como un tomate y se delataría, sería muy violento.

Porque no podía olvidar la seductora sonrisa de su vecina Mónica, ni el movimiento de sus pechos bajo la camiseta, ni la sombra de sus pezones.

 

Pero claro, los bloques de pisos es lo que tienen, que al final siempre te encuentras, y el primer cruce en el ascensor lo resolvió Leandro con sorprendente agilidad verbal.

Al despedirse incluso rieron amigablemente.

 

Leandro entró en su piso con la sonrisa aún bailándole en la boca. Al final, se decidió. ¿No le había dicho ella que le dejara leer alguno de sus relatos de sexo? Pues que leyera.

 

Por un momento estuvo tentado de escoger uno sobre dos vecinos que se conocen en el ascensor de un bloque, pero supuso que la asociación de ideas sería demasiado evidente. Así que optó por imprimir uno sobre dos viejos amigos que se reencuentran tras muchos años y acaban cerrando sin pretenderlo viejas heridas del pasado. En la cama, claro, que de eso se trataba.

 

Como no se le ocurría ninguna manera elegante de llamar a su puerta y decirle “hola vecina, vengo a traerte un relato porno que escribí” sin parecer un cerdo o un pervertido, decidió esperar a que ella se marchara al trabajo. En cuanto supo que no había nadie en su casa, lo metió dentro de un sobre grande y lo deslizó por debajo de la puerta. En el sobre escribió: “Tal como quedamos, aquí tienes uno. No seas demasiado severa”.

 

 

La reacción de Mónica al cuento erótico fue totalmente inesperada

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Cuando llamaron a la puerta, Leandro supo instintivamente que era ella. Podía haber sido un predicador o un vendedor de algo, pero no, era ella, tenía que ser ella, y allí estaba. Con unos vaqueros cortos, una camiseta desteñida, y el pelo recogido en un moño descuidado. Leandro hizo verdaderos esfuerzos por no buscarle los pechos, pero si la conversación se alargaba no podía prometer nada.

 

-¡Hola Mónica! ¡Qué sorpresa!

-Hombre, sabías que antes o después te iba a venir con el relato.

Leandro rió.

-Sí, eso es cierto, pero bueno, ya me entiendes. ¿Quieres pasar?

-Sí, ¿te importa? ¿Te molesto?

-No, en absoluto.

 

Entraron en el salón y Leandro se fue directo a la cocina.

-¿Quieres algo de beber? Una copa, o un zumo…

-¿Té frío, tienes?

-Pues mira, sí. Tomaré yo también.

-Me ha gustado mucho tu relato.

 

Leandro sacó la botella de té y empezó a servirlo, mudo. Sin duda, Mónica no era mujer de andarse con rodeos.

 

-Gracias – dijo al fin – ¿Es la primera impresión de una librera experta?

-Es la conclusión de una lectora ávida, más bien. No trabajo en una librería por casualidad, me encanta leer. Pero reconozco que siento cierta predilección por el relato erótico. Me parece un arte incomprendido y difícil de realizar, más difícil que el humor.

-Menuda sorpresa, Mónica. De repente me avergüenzo de haberte enseñado nada de lo que escribo. Es decir, que es una mierda que hago por cuatro duros y…

-Tú no te avergüenzas de nada – le cortó ella con una sonrisa, y le aguantó la mirada – de nada en absoluto.

 

Se dio media vuelta, sujetando el té helado y mirando alrededor.

-Me gusta tu casa. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

 

Leandro no escuchaba, no atendía. ¿Le acababa de tirar su vecina un desafío a la cara, o se lo estaba imaginando? ¿A qué había venido?

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