Cuentos de sexo para su vecina inquieta IV

Habían pasado la noche follando, y el sabor y la textura de los pezones de Mónica todavía permanecía en su lengua y en sus labios. Leandro suspiró satisfecho, y entonces… se despertó.

 

El sueño era recurrente. Cada noche se metía bajo sus sábanas en un anhelo incumplido.

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Ni siquiera recordaba qué habían hecho o dejado de hacer en ese sueño. No podía dibujar el cuerpo desnudo de Mónica porque nunca había llegado a verlo. Sólo podía imaginar sus pezones, que tanto la delataban, y cuyo contorno obsesionaba a Leandro desde el primer día.

 

Hacía dos semanas desde que ella había visitado su casa, y aunque la cosa había llegado a un punto de claro flirteo, de alguna manera, no se habían lanzado a dar el paso. Ni él ni ella. Luego llegó la vida diaria, una mala semana de trabajo, una escapada por obligaciones familiares, y los días iban corriendo en el calendario sin que ocurriera nada especial. Un saludo puntual, una sonrisa, cuatro frases.

Crecía la familiaridad, pero no el roce. No había espacio para ello.

 

Pero Leandro no olvidaba. No podía arrancarla de su mente.

Para Leandro, Mónica se había convertido en una especie de obsesión, un martirio erótico gracias al cual estaba cerca, pero seguía inaccesible. Aliñado con la angustiante sensación de saber que había posibilidades, y sin embargo no las ponían en práctica.

 

Así que muchas noches soñaba con ella. Se masturbaba pensando en ella antes de dormir, y luego en consecuencia, soñaba con su sexo. O soñaba con su sexo, y luego en consecuencia, al despertar, se masturbaba pensando en ella. Intentando recordar ese sueño en el que, sin embargo, no había una escena concreta que recordar. Sólo la punzante sensación de erotismo, de lascivia, y de satisfacción.

Conoció otros cuerpos, sin poder olvidar el que de verdad deseaba

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Tuvo un rollo. Vino solo, rodado. Una de esas situaciones en las que es fácil, en la que cruzas la mirada y sabes instintivamente que habrá tema, y das el paso. La llevó a casa, y fue una experiencia grata. Era una chica bajita, menuda, voluptuosa, de pecho pesado y grandes pezones rosados. Y sabía lo que se hacía, y él también, y follaron a gusto. Al alcanzar el clímax, ella gritó, y Leandro pensó que Mónica lo oiría, y de alguna manera no quería que ocurriera, no quería que escuchara sus gritos, pero de algún modo sí, así que él también gritó en el momento de correrse.

 

Luego se fue y no hubo nada, solo Leandro, semidesnudo, reflexivo. Parte cansado, parte satisfecho, parte insatisfecho. A esa chica no le había hablado de su profesión, no con el detalle con el que había charlado con su anhelada vecina. No entraron en nada personal.

 

No pensaba en esa chica. Pensaba en Mónica. Y fue en ese momento, cuando más descargado y relajado se sentía, cuando decidió dar el paso definitivo. Estaba loco por esa mujer y ella no había dado más que muestras de interés. ¿A qué venía ese miedo? ¿Qué sentido tenía acostarse con otras mujeres cuando la mujer que realmente deseaba estaba tan cerca y no se le había cerrado?

Decidido, se levantó, se vistió, trabajó todo el día, y cuando la escuchó llegar a casa, salió al rellano y llamó a su puerta.

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