Cuentos de sexo para su vecina inquieta III

-Me gusta tu casa – había dicho ella – ¿cuánto tiempo llevas aquí?

Tras unos segundos de bloqueo mental, Leandro salió de su estupor y sonrió.

-Pues casi dos años – dijo él tendiéndole el té helado – Siéntate, ponte cómoda.

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A Leandro le costaba pensar con Mónica tan cerca

Se sentaron en el sofá. “Gracias a Dios que ayer se me ocurrió recoger toda la porquería que tenía tirada por aquí”, pensó Leandro.

 

-¿Sabes qué es lo que más me ha gustado de tu relato?

-Sorpréndeme.

-Que es un relato. Es decir, es un auténtico cuento de sexo.

-No te sigo.

-Cuando me dijiste que escribías relatos eróticos para páginas web, la verdad, me imaginaba algo más sórdido.

-Ah, por supuesto. Suponías que yo era una especie de psicópata obsesionado con el sexo. ¡Pero Mónica, hace ya muchos años desde la última vez que asesiné a una mujer en la ducha! – exclamó Leandro, y ambos rieron.

-¡Qué tonto! Venga, en serio. Ya sabes a lo que me refiero por “sórdido”. Relatos de pajas.

-Relatos de pajas.

-Sí, relatos de pajas, ya sabes. De esos que casi nunca se leen de principio a fin, cuya única finalidad es que el pajillero de turno se la casque, y en los que la preocupación por el estilo y el relato brillan por su ausencia.

-Hombre, a ver. Escribo relatos eróticos para una web erótica. Es de suponer que la gente se masturbará con los relatos. Aunque no es algo en lo que suela pensar, francamente.

-Yo sí – dijo ella con una sonrisa pícara – ahora soy yo la que va a quedar como una pervertida, pero ya que estamos en confianza, pues bueno… al diablo. Sí, me gusta imaginarme a la gente en la intimidad. Me pregunto qué hacen, cómo son en la cama. Cómo se masturban. En quién o en qué piensan cuando lo hacen. Y bueno, de qué manera hacen el amor.

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-O sea que si algún día te encuentro por la calle saliendo del estanco y te veo con la mirada perdida, debo asumir que estás imaginando la postura favorita del estanquero.

-¡Deja de reírte! ¿Es que tú no haces lo mismo? Esto que has escrito, querido – dijo ella levantando las hojas del relato que Leandro le había dado – es una guarrada. Y como es original, debo suponer que has estado imaginando cómo folla la gente.

“Esto que has escrito, querido, es una guarrada”, dijo ella. Pero sonreía.

-Sí, claro que sí.

-¿En quién piensas? – preguntó entonces ella sin rodeos.

-Bueno – empezó a decir Leandro, y se sonrojó. Ya estaba. El segundo de demora en la respuesta, sumado a su sonrojo, era una confesión clara para cualquiera que tuviera ojos, y Mónica los tenía. Sí: unos ojos grandes, oscuros, profundos. Unos ojos de los que no apartaría la mirada si estuviera penetrándola. Unos ojos llenos de promesas, al menos para aquel que supiera arrancárselas – Pues, me inspiro un poco en todo. En gente que conozco. En mis propias experiencias.

-¿Alguna vez te has acostado con una vieja amiga?

-Bueno, no. Eso fue inventado.

-Pero dices que te inspiras en gente que conoces.

-Sí, claro. Amigos, amigas. Compañeros de otros curros en los que había estado.

-Ya veo.

Entonces Leandro decidió que ya estaba bien de ir a remolque.

-También de situaciones cotidianas. ¿Nunca te ha pasado, eso de estar en la cama y oír los gritos de algún vecino haciéndolo?

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Entonces, fue ella la que se sonrojó. No mucho: lo justo para saber que había dado en la diana. Y lo mejor: que ella no se lo esperaba. Quizá no era consciente de lo mucho que gritaba cuando follaba. O de lo delgadas que eran las paredes.

 

Ahora: Mónica era una luchadora, eso estaba claro. El sonrojo había llegado y había pasado, y tras aquel segundo de duda le sostuvo a Leandro la mirada.

 

-Sí, alguna vez me ha ocurrido.

 

Y los pezones de Mónica volvieron a emerger bajo la camiseta.

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